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La mujer de 70 a 77 años. Vivencias del undécimo septenio

No todo está vivido. No todo está hecho. A los 70 años cosechar los frutos de mi vida y ofrecerlos a la comunidad es algo muy saludable.

Ilustración: «Sabias. Undécimo septenio. Profundidad radiante». Acrílico sobre papel hecho con amor por Elena Caballero.

Como un águila imperial sobrevuelo el paisaje y me poso allí donde me necesitan. Me percibo con la capacidad de irradiar tranquilidad, de bendecir a otros y de sentir misericordia por ellos. A medida que mi cuerpo se debilita, mi espíritu se transparenta, haciéndose más visible y real.

Mi organismo es frágil, sí, lo que no significa que deba alarmarme por cada señal de envejecimiento y convertirme en prisionera de los medicamentos y las visitas médicas.

Elijo regalar a mi cuerpo vulnerable la medicina justa y necesaria. Busco respuestas más sutiles a través del arte, la música o el camino espiritual. Si estoy atenta, la cáscara es lo único que envejece. Mi tarea ahora es perdonar y agradecer.

Mientras gira la rueda de los días, soy yo la montaña que sostiene a quienes deambulan por las laderas de la vida.

 

 

¿Quién soy más allá de la vitalidad corporal?

 

 

 

La mujer de 63 a 70 años. Vivencias del décimo septenio

La abuela Margarita explica que cuando una persona llega a los 65 años es oro molido para la humanidad. Afortunadamente, cada vez más gente es consciente de ello. Está bien ser un poco invisible, aunque no del todo. Hay demasiado en juego. La sabiduría de los ancestros hecha carne.

Sabiduría 1: décimo septenio

Ilustración: «Sabias. Décimo septenio. Las pioneras». Acrílico sobre papel hecho con amor por Elena Caballero.

No quiero ser la típica jubilada o abuela desvalida. Se sabe que cada vez somos más jóvenes de espíritu y que, en el pasado, no hubo sobre la tierra mujeres de estas edades con tal preparación y nivel de conciencia.

En este tiempo ya no necesito alcanzar nada. Aunque tampoco es edad para postergar. Habitar el presente, ni más ni menos. En la meditación consciente podré indagar profundamente en mí misma.

Me siento más creativa que nunca. Sin la presión de compararme con otros, de repente descubro mis capacidades artísticas o musicales desconocidas. Para explorarlas requiero un espacio propio.

Desapegándome de lo exterior me acerco más a las raíces. Transmito la calma emocional a mi familia. Me entreno en mi nueva misión: trazar un puente de amor entre el poder del espíritu y los más jóvenes del clan.

¿Cómo doy nuevo sentido a mis errores y aciertos del pasado?