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La mujer de 63 a 70 años. Vivencias del décimo septenio

La abuela Margarita explica que cuando una persona llega a los 65 años es oro molido para la humanidad. Afortunadamente, cada vez más gente es consciente de ello. Está bien ser un poco invisible, aunque no del todo. Hay demasiado en juego. La sabiduría de los ancestros hecha carne.

Sabiduría 1: décimo septenio

Ilustración: «Sabias. Décimo septenio. Las pioneras». Acrílico sobre papel hecho con amor por Elena Caballero.

No quiero ser la típica jubilada o abuela desvalida. Se sabe que cada vez somos más jóvenes de espíritu y que, en el pasado, no hubo sobre la tierra mujeres de estas edades con tal preparación y nivel de conciencia.

En este tiempo ya no necesito alcanzar nada. Aunque tampoco es edad para postergar. Habitar el presente, ni más ni menos. En la meditación consciente podré indagar profundamente en mí misma.

Me siento más creativa que nunca. Sin la presión de compararme con otros, de repente descubro mis capacidades artísticas o musicales desconocidas. Para explorarlas requiero un espacio propio.

Desapegándome de lo exterior me acerco más a las raíces. Transmito la calma emocional a mi familia. Me entreno en mi nueva misión: trazar un puente de amor entre el poder del espíritu y los más jóvenes del clan.

¿Cómo doy nuevo sentido a mis errores y aciertos del pasado?

 

 

La mujer de 56 a 63 años. Vivencias del noveno septeno.

Como en el nuevo curso, así comienza esta tercera época de la vida que va desde los 56 a los 63 años, con una sensación de permiso para reiniciarme. Un buen momento para recuperar la pasión por las cosas. Ahora disfruto disponiendo de más tiempo para mí misma y con el “nido vacío” aprendo a desprenderme. Hasta digo adiós a la vieja Elena para dejar espacio a mi ser auténtico.

Madurez 3: noveno septenio

Ilustración: «Sabias. Noveno septenio. Volver a empezar». Acrílico sobre papel hecho con amor por Elena Caballero.

Si lo miro bien, hasta me alivia sentirme un poco invisible y estar en condiciones de hacer -por fin- lo que me da la gana. Por primera vez, mi cuerpo reclama con intensidad un lugar de quietud y atención, por ello, disfruto disponiendo de más tiempo para mí misma.

Suele ser el momento del nido vacío o tal vez de la ausencia definitiva de los padres, lo que exigirá un duelo. Saldré, lloraré y puede que grite en la espesura. Me permitiré sentir el dolor, sin acorcharme. Regresaré a casa y, tras lamer mis heridas, pasaré página y empezaré de nuevo.

Por tanto, observo que aprender a desprenderse es el precio de la madurez y la sabiduría.

A estas alturas, es urgente practicar diferentes formas de ser. También en la pareja u otras relaciones, a través del perdón, el respeto y la admiración. Más allá de la rutina, qué gusto da recuperar la sorpresa y el asombro de cuando éramos niños.

Con este panorama, mis fuerzas decrecen pero son compensadas con una mayor conciencia. Al fin y al cabo, la bondad, la belleza y la verdad que aprendí en mis tres primeros septenios son los valores que guían hoy mis pasos.

¿Qué nuevas tareas tengo aún por delante?