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La mujer de 77 a 84 años… y siguientes. Vivencias del duodécimo septenio

Tal y como venimos viendo en Las Edades de las Mujeres, es necesario aceptar y saborear los tesoros que vamos encontrando en cada etapa que nos toca recorrer, más allá de nuestros prejuicios o temores. Si perfeccionas el arte de vivir, estos años de la vida, en el umbral de la «mayoría de edad», pueden ser los más felices. Bette Davis decía que “envejecer no es para cobardicas”. Y es que acercarse a la verdad precisa haber hecho músculo en cierta sabiduría, coraje y compasión.

Ilustración: «Sabias. Undécimo septenio y siguientes. Dulce desapego». Acrílico sobre papel hecho con amor por Elena Caballero.

En lugar de añorar lo que se quedó en el camino, elijo expandir la conciencia. Una acaba pareciéndose a lo que ha rondado más su mente cada minuto. Así, en esta etapa, quiero viajar ligera. Con alegría, me voy desprendiendo de pesados pensamientos, pertenencias, salud y afanes. Me regalo silencio y medito cada día más.

Estoy en el desenlace de mi historia en la tierra y, desde este punto, los conflictos mundanos son relativos. Por ello, resulta más fácil perdonar y perdonarme. Confío en que sabré resolver ahora asuntos pendientes en mis relaciones con los demás.

De los 77 hasta los 84 años, y más allá, intimo con el misterio de la vida. Me entreno en soltar y confiar con serenidad, en poder transmitiros algo de auténtica paz. Cierro los ojos y toco todas las estrellas que me habitan. Qué Navidad tan hermosa nos aguarda.

 

¿Cómo vivir una vida digna de ser vivida?

 

 

 

La mujer de 70 a 77 años. Vivencias del undécimo septenio

No todo está vivido. No todo está hecho. A los 70 años cosechar los frutos de mi vida y ofrecerlos a la comunidad es algo muy saludable.

Ilustración: «Sabias. Undécimo septenio. Profundidad radiante». Acrílico sobre papel hecho con amor por Elena Caballero.

Como un águila imperial sobrevuelo el paisaje y me poso allí donde me necesitan. Me percibo con la capacidad de irradiar tranquilidad, de bendecir a otros y de sentir misericordia por ellos. A medida que mi cuerpo se debilita, mi espíritu se transparenta, haciéndose más visible y real.

Mi organismo es frágil, sí, lo que no significa que deba alarmarme por cada señal de envejecimiento y convertirme en prisionera de los medicamentos y las visitas médicas.

Elijo regalar a mi cuerpo vulnerable la medicina justa y necesaria. Busco respuestas más sutiles a través del arte, la música o el camino espiritual. Si estoy atenta, la cáscara es lo único que envejece. Mi tarea ahora es perdonar y agradecer.

Mientras gira la rueda de los días, soy yo la montaña que sostiene a quienes deambulan por las laderas de la vida.

 

 

¿Quién soy más allá de la vitalidad corporal?